Raymundo Riva Palacio
El Universal
Estrictamente personal
Miércoles 21 de marzo de 2007
Un ´Peje´ antropófago
Andrés Manuel López Obrador mostrará en los tres próximos días si su músculo político no enfrenta una crisis de esteroides
Para el próximo domingo, los organizadores de la Convención Nacional Democrática esperan reunir a 300 mil personas en el Zócalo de la ciudad de México para reactivar la lucha de Andrés Manuel López Obrador, pero la cifra se antoja casi milagrosa. Los serios problemas logísticos para acarrear simpatizantes de varias partes del país por falta de dinero, el agotamiento de esos grupos tras un extenuante segundo semestre de 2006, las enormes contradicciones hacia el interior del PRD y, en particular, porque el ímpetu que daba el pejepolítico se ha venido evaporando. López Obrador, quien denuncia a todos los poderes fácticos como causantes de sus males, es víctima, antes que nadie, de Andrés Manuel López Obrador. Después de casi un año de haber iniciado su debacle electoral por decisión propia, el tabasqueño no aprende.
Los golpes políticos han sido insuficientes para abollar su soberbia. Hace un año, su caída política comenzó cuando, con 10 puntos sobre su más cercano contrincante en la contienda presidencial, determinó que como necesitaba hacer campaña, tomaría como adversario a Vicente Fox. Sus allegados, casi unánimemente, lo objetaron por dos razones: el presidente Fox no estaría en las boletas el 2 de julio y, además, tenía un nivel de aprobación de 62%. No importa, respondió el Peje, "en un mes le bajamos todo". López Obrador tenía una intención de voto de 42% en marzo cuando se lanzó contra Fox. Al mes siguiente iniciaron las opiniones negativas mientras el ex presidente se fortalecía, al grado de llegar con 69% de aprobación en junio.
Hace unas semanas durante un cónclave con sus colaboradores, se leyó un documento de autocrítica que concluía se reconociera que haberse declarado "presidente legítimo" había sido un error, y que lo más conveniente era que dejara de llamarse de esa forma y pasara a convertirse en jefe de la oposición. López Obrador aceptó -cosa rara- la crítica, pero al final ordenó recoger todas las copias del documento y remató: "Seguiré siendo presidente legítimo". No hubo manera de que enmendara esa ruta. "Es muy terco", dijo uno de sus cercanos. Hasta ahora, nadie ha sido capaz de hacerle entender el daño que él mismo se está infringiendo.
Desde el año pasado, cuando contra las opiniones de sus colaboradores más curtidos decidió un megaplantón sobre el Paseo de la Reforma capitalino, desechando la idea de realizar una huelga de hambre en el zócalo a fin de introducir un dilema moral a políticos y jueces electorales, el PRD elaboró un análisis de cómo iban perdiendo las alianzas que se habían forjado. Se esfumó el respaldo de varios de los principales empresarios del país que lo veían con muy buenos ojos, fue abandonado por un importante grupo de intelectuales que habían jugado su prestigio por él y, sobre todo, agudizó las contradicciones hacia el interior del PRD, que registraba cómo las ganancias obtenidas el 2 de julio se agotaban día con día.
Para entonces, los autogolpes de López Obrador se habían convertido en errores estratégicos: su equivocado foco de campaña, su inamovilidad durante 40 días para no responder un spot del PAN sobre el endeudamiento del Distrito Federal, su inasistencia al primer debate y paralización en el posdebate, su tono amenazante al gritar "chachalaca", su negativa a modificar la estrategia de campaña pese a la pérdida de puntos en las preferencias electorales, su necedad a no utilizar a los medios electrónicos hasta ya muy tarde en la contienda, su falta de una estrategia jurídica en caso de que perdiera la elección, el ostracismo al que metió al PRD en el manejo de la operación electoral, el megaplantón, la "presidencia legítima", el calificativo de "pelele" a Felipe Calderón y, antes que nada, su incapacidad para aprovechar cada una de las varias oportunidades que se le han presentado para convertirse en un fuerte jefe de la oposición.
La decepción y frustración es amplia. Tanta, que la principal oposición hacia un liderazgo teológico y limitado como el que está planteando proviene del PRD. Varios líderes perredistas están denunciando a sus propios compañeros de partido por la falta de cooperación económica para la Convención Nacional Democrática, pero el asunto del financiamiento es más complejo de lo que se ve sobre la superficie.
Hace un mes y medio aproximadamente, el líder perredista en la Cámara de Diputados, Javier González, le dijo a su bancada que había un remanente de 27 millones de pesos de la anterior legislatura que les sería repartido equitativamente, y que de ahí se les quitaría 10% para sufragar los gastos de la Convención. Algunos diputados se lo comentaron a López Obrador, quien los urgió a devolver el dinero con el argumento de que no podían recibir recursos del gobierno. Aunque bajo esa lógica puritana tampoco tendrían que haber aceptado ser diputados, y que el dinero de los legisladores proviene del erario no del gobierno, regresaron el dinero. Y la realidad es que no disponen de los 3 millones de pesos que necesitaban para el acarreo de este domingo.
No lo han conseguido de otra manera. Quienes podían haber aportado esos recursos rompieron con López Obrador durante el megaplantón. A quien lo financió durante mucho tiempo lo están golpeando sus seguidores más anarquistas por haber apoyado al PRI en las elecciones en Tabasco. La queja es correcta, aunque el fondo es diferente.
El propio López Obrador criticó este martes a los gobernadores perredistas, a los coordinadores de las bancadas y a propios dirigentes del Frente Amplio Opositor por no estar ideológicamente entregados al "movimiento", su movimiento. Sigue encerrado en su propio castillo de la pureza, como si en la política pudiera ser impoluta, ampliando las incongruencias en su propio accionar. El PRD le estorba. Es tan evidente, que en sus declaraciones de este martes en la radio evadió sistemáticamente referirse al partido por nombre. Pero ese partido, del cual ahora está empezando a renegar abiertamente, también está viendo que los negativos de López Obrador entre la población siguen creciendo.
La antropofagia de López Obrador tiene al PRD en una disyuntiva. El Peje ha venido recorriendo el país en una larga campaña terrestre, durante la cual ha logrado afiliar a 500 mil personas para su causa, que es la creación de un partido por fuera del PRD. Pero traducir ese volumen y las células creadas en una estructura territorial que sostenga un nuevo partido para las elecciones federales intermedias de 2009 y las presidenciales de 2012 es muy diferente. López Obrador cree que sí se puede, y que su movimiento va a crecer. Eso mismo pensó en marzo de 2006, sintiéndose invencible. Está visto que, en su caso, las lecciones de la historia son material para el basurero. Pero lo que no se ha dado cuenta es que la historia le puede pagar con la misma moneda.
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Razones
Jorge Fernández Menéndez
¿Hay fascistas de izquierda?
Un grupo de provocadores agredió en forma absurda a Cuauhtémoc Cárdenas el domingo 18 de marzo, escudándose en su devoción a López Obrador. Una vez más, éste no ha descalificado a estos personajes, como no lo hizo cuando impidieron la participación de Luis Carlos Ugalde en una conferencia en la UNAM o cuando impidieron la presentación del libro de Carlos Tello Díaz. Ni a López Obrador ni a sus seguidores parece molestarles en lo más mínimo que ese grupo de acarreados, manejados por Gerardo Fernández Noroña, agredan una y otra vez a distintos personajes de la política nacional, incluido el fundador del partido donde supuestamente milita el "líder" que dicen reconocer. Es una vergüenza y constituye la mejor demostración del autoritarismo profundo del ex candidato presidencial.
Ello viene a cuento, además, porque el mismo día en que los neofascistas de López Obrador agredían al ingeniero Cárdenas, llegaba a México la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, una mujer progresista, con una historia irreprochable y que continúa en su país la línea de gobierno, que inició Ricardo Lagos, de un Partido Socialista que no sólo ha mitigado las desigualdades sociales sino también ha colocado a Chile en una ruta de modernidad política, económica y social en muchos sentidos envidiable. El mismo día en que llegaba Michelle Bachelet a México, en Venezuela, el presidente Hugo Chávez avanzaba en la integración de un régimen "narcista-leninista", como dice Andrés Oppenheimer, ahora con la conformación de un partido único, y les decía a sus aliados que no querían integrarse a éste, pues preferían conservar su independencia, que entonces mejor se fueran a la oposición, que ya no los quería. También en Sudamérica, el presidente Rafael Correa, de Ecuador, que ganó las elecciones en una segunda vuelta, lejos de alcanzar una mayoría absoluta en la primera, impuso a la Cámara de Diputados una Asamblea Constituyente, aunque para ello haya tenido que "destituir" a 57 (por supuesto, todos opositores) de los 100 diputados, con el fin de formar un Congreso a su gusto y transformar el sistema político, aunque no tenga mayoría.
La lista podría continuar por lo que ocurre en Argentina, Bolivia, Nicaragua, para confirmar que, lo que llamamos "izquierda" en América Latina, en la mayoría de los casos no es tal. Nada tiene que ver con la izquierda un ex candidato que azuza a provocadores contra quienes opinan distinto de él, incluidos los fundadores de su propio partido, ni quienes buscan integrar sistemas de partido único ni tampoco aquellos que, para imponer un nuevo sistema político que los fortalezca, no dudan en destituir a más de la mitad de un congreso. Esa no es izquierda: es una nueva (o muy vieja, como se lo quiera ver) tendencia de la derecha más autoritaria, que roza el neofascismo, por su utilización de las masas y la figura omnipresente del "líder", y que está imponiendo en sus países una pobreza y una desigualdad mayor de la que encontraron, al hacer girar la economía en torno a sus ambiciones políticas personales.
El socialismo chileno y la presidenta Bachelet no tienen nada que ver con esas lógicas políticas. Están en las antípodas de ellas y, en los hechos, será mucho más fácil que el actual gobierno chileno pueda establecer acuerdos estratégicos con un gobierno como el de Felipe Calderón que con personajes como López Obrador o Chávez. Por una sencilla razón: Bachelet (o Lagos o los socialistas chilenos) vivió en carne propia el fascismo, sabe de lo que se trata cuando se habla de perseguir a disidentes por el simple hecho de serlo. Sabe que el autoritarismo es uno, no se diferencia, no es mejor o peor de acuerdo con la supuesta ideología en la que dice sustentarse. No importa si quien quema libros o arremete contra quienes disienten del "líder" se presentan como de derecha o de izquierda. Quien ha vivido el fascismo sabe que eso son.
En ellos reside el huevo de la serpiente que los convertirá, si se les permite, en dictadores "por el bien de la patria y con el apoyo del pueblo": lo mismo puede aplicarse a un Pinochet que a cualquiera de los que ahora forman parte de esa izquierda totalitaria.
¿Qué es hoy ser de izquierda o de derecha?, ¿esa es la verdadera disyuntiva a la que está enfrentada América Latina? En realidad no pasa por allí el cruce de caminos para nuestro país y la región: como lo demuestra Bachelet, lo que se debe elegir es entre un régimen autoritario, que no acepta el pluralismo ni la disidencia, se aleja de la economía abierta y la competencia, o apostar por una democracia liberal, con prensa libre, pluralismo, fronteras abiertas y creyendo en sacar los mayores beneficios de una globalización que, nos guste o no, ya está aquí y no se va a ir.
Tomada esa decisión, las demás definiciones se pueden acomodar solas. En una democracia liberal, ser de izquierda será apoyar la libre decisión de la mujer sobre el aborto o las sociedades de convivencia y ser de derecha será estar en contra de ellas; ser de izquierda puede ser buscar mecanismos para que el control del Estado sobre algunos capítulos de la economía no se pierda y ser de derecha será apostar a las fuerzas del mercado, achicando el poder del Estado. Pero esas diferencias se dan y se equilibran, y se contraponen, en el marco de un sistema democrático y plural, con libertad de prensa, de expresión, sin grupos de provocadores, llámense lopezobradoristas o de Provida, que quieran imponer su realidad en beneficio de un líder que dirigirá a la sociedad como un pastor a su rebaño.
El presidente Calderón y la presidenta Bachelet, desde diferentes historias y perspectivas ideológicas, son dos políticos que han apostado a la democracia liberal y al pluralismo. Gobiernan, además, las dos economías, con todos sus problemas, más exitosas de la región. México y Chile son la verdadera opción a los Chávez, los Correa, los Morales, los Castro. Deben demostrarlo siendo un ejemplo, no sólo de tolerancia y pluralismo, sino también de eficiencia gubernamental.
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Ciro Gómez Leyva / Milenio
¿Qué hiciste con el espíritu del 2 de julio, Andrés Manuel?
Arrasado por sus lugares comunes, sin nada nuevo que decir ni cosa sensata que ofrecer, jalando aire por la boca, Andrés Manuel López Obrador regresa a la Ciudad de México para encabezar el segundo capítulo de la Convención Nacional Democrática.
Si los delgados de la Convención hicieran un ejercicio de honestidad intelectual, lo primero que preguntarían es qué ha hecho su líder con las 15 millones de voluntades que se le entregaron hace nueve meses, qué ha hecho con el espíritu del 2 de julio, cómo fue posible que pervirtiera aquel movimiento deslumbrante en la grotesca parodia contestataria que es hoy.
El lopezobradorismo, escribió ayer Marco Rascón, es un grupo menguante, un movimiento unipersonal y sectario, donde “la voz chillona, los lugares comunes, los manoteos, las deslealtades y la intolerancia (yo agregaría: y las mentiras) determinan la estatura de López Obrador”.
Amparado en la lucha contra el fraude y por la dignidad del pueblo; con fantasmas como el “cerco informativo” (aunque, desde agosto del año pasado, él sólo acepte entrevistas cómodas y reconozca a quien esté dispuesto a actuar como su propagandista), el lopezobradorismo se cae a pedazos.
Él dirá que no es cierto, como cuando en agosto y septiembre negaba que el monstruoso error del bloqueo de Reforma desfondaba aceleradamente su movimiento. Lo sabemos: él jamás reconocerá un error.
Por eso la pregunta es para el PRD: ¿Está dispuesto a terminar de dilapidar así el capital del 2 de julio? Quizá veamos alguna señal hoy en la ceremonia de Benito Juárez, o en la plenaria del sábado, o en la marcha al Zócalo del domingo que sellará esta segunda Convención Nacional Democrática.